El autor de ‘Comer sano para vivir más y mejor’ (Destino) recomienda aumentar la variedad de alimentos que se consumen a lo largo de la semana MADRID, 26 (EUROPA PRESS) El sobrepeso es la madre de un gran número de enfermedades –cáncer, diabetes, hipertensión, arteroesclerosis, etc– y el motor de todas las que surgen a partir de los 40 años, según señala el experto en nutrición José Enrique Campillo, autor de ‘Comer sano para vivir más y mejor’ (Destino). Seguir leyendo el arículo

En el libro, que no trata de ofrecer recetas milagrosas ni dietas imposibles para adelgazar o no envejecer, basa en el “sentido común” las pautas de alimentación y de vida que pueden conseguir llegar a un envejecimiento de calidad, es decir retrasar la aparición de enfermedades.

 

“Todo se previene con la alimentación pero no hay remedios milagrosos, no hay remedios básicos que nos prolonguen la vida, pero a través de una alimentación saludable prevenimos o retrasamos la aparición de las principales enfermedades que afectan al envejecimiento”, advierte en una entrevista a Europa Press.

No obstante, reconoce que “cada persona es diferente”, con diferentes condicionantes como es la menopausia en las mujeres, el consumo de tabaco, el abuso del alcohol, las variantes genéticas, etc, y, por tanto, “tratar a todos con el mismo ungüento es loco pensamiento”.

En su opinión, para conseguir aumentar años a la vida “uno debe adaptar sus circunstancias personales a unas normas saludables de alimentación”. “Pensando que nunca es tarde para intentarlo, podemos hacer que se llegue más lejos con pocas cosas: con algo de ejercicio y una alimentación saludable”, explica.

Aunque para ello la población debe ser consciente, primero de que “la alimentación es una de las cosas más importante que podemos hacer por la salud”; y, en segundo lugar, que el organismo consume una gran cantidad de “sustancias perjudiciales y poco convenientes”.

“Una persona introduce al día por su boca al organismo, entre líquidos y sólidos, tres kilos, quizás más, eso quiere decir que una persona de más de 50 años ha introducido al organismo por varios camiones de alimentos que contienen un montón de sustancias que se van quedando en el hígado, las arterias, etc.”, añade.

PEQUEÑAS DOSIS, 5 VECES AL DÍA

Por otra parte, el libro pretende “orientar” aquellas personas que tratar de adelgazar o tienen como objetivo comenzar a llevar una dieta equilibrada, pero que se encuentra desorientada, en ocasiones por falsos mitos, consejos desactualizados, recomendaciones partidistas por parte de casas comerciales y sugerencias de “indocumentados y famosillos”.

La primera recomendación es que, aunque sólo sobren unos kilos, “hay que mantener el peso recomendado” porque, como ya comentó anteriormente, el sobrepeso abre la puerta a un gran número de enfermedades.

En segundo lugar, hay que repartir los alimentos en al menos cinco comidas, incluso seis si se cena pronto y se acuesta tarde. “Desayuno, media mañana, almuerzo, merienda, cena y, si es necesario, recena, porque nuestro organismo asimila mucho mejor los alimentos en pequeñas dosis repartidos a lo largo del día”, señala.

Finalmente, hay un tercer consejo, “del que nadie habla”, y que, a su juicio, es el principal defecto de la nutrición saludable en las sociedades “opulentas y desarrolladas”, que es lo que denomina “embudo alimentario”, muy común entre la juventud y que consiste en alimentarse siempre de los mismos alimentos. El objetivo es “aumentar la diversidad de alimentos que consumimos a lo largo de la semana”.

Por lo tanto, una dieta sana significa llevar una dieta equilibrada, y para ello hay que comer frutas, verduras y hortalizas, algo de cereales y luego, el resto de alimentos, “rotarlos”, de modo que a lo largo de la semana se introduzcan huevos, legumbres, pescados y carnes, pero de distintas clases. Además, “en cada una de las cinco comidas tiene que haber obligatoriamente algo vegetales, hortalizas o frutas”.

Además, Campillo recomienda cambiar de marcas y de proveedores en el caso de los alimentos envasados para no saturar al organismo de los mismos aditivos y conservantes. De este modo “el organismo descansa durante un mes” en el que el hígado consigue desintoxicarse de estos productos que, “aunque han sido autorizados por la UE y España”, no son naturales.

NO HAY DIETAS MILAGRO.

El ejercicio físico ocupa un lugar destacado a la hora de tratar de modificar la conducta en busca de una vida “más larga, sana y feliz”. En su opinión, el hombre no debe separar el ejercicio físico de la alimentación, ya que “una regla universal en biología, que ningún animal se la salta, muestra todo animal sólo puede conseguir la energía de los alimentos si gasta energía muscular para conseguirlo”. Esta regla con el hombre ha sido modificada y, como recordó, actualmente es el único animal que no necesita gastar energía muscular para comer.

Por otra parte, lamentó que con la llegada de la primavera se multipliquen las dietas y productos adelgazantes, así como las revistas que descubren nuevas terapias y herramientas rápidas para perder peso, cuando la realidad es que “no existen los milagros para adelgazar”. Asimismo, advirtió de que lo que se consigue con estos productos y terapias es el temido efecto ‘yo-yo’ una vez que la dieta termina y un grave desequilibrio nutricional.

El organismo sólo admite una perdida de peso al día de entre 50 y 75 gramos diarios ya que en caso de una perdida mayor el cuerpo no se habitúa a la nueva situación, al año supone una perdida de entre 15 y 20 kilos pero que al producirse gradualmente produce que el organismo (cerebro, sistema metabólico, corazón, riñón, etc.) se adapte a esa nueva condición, “ya esa adaptación requiere tiempo”.

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Miles de pacientes en todo el mundo, aquejados de dos enfermedades raras, están viéndose afectados por los problemas de suministro de la empresa que fabrica los dos únicos medicamentos existentes para su dolencia. El problema de la biotecnológica estadounidense Genzyme comenzó en junio de 2009, y pese a que esperaban solucionarlo en pocas semanas, casi un año después continúan con una producción por debajo de lo normal.

La última voz de alerta la ha dado la Agencia Europea del Medicamento (EMEA), que ha emitido una nota para explicar que la escasez de medicamentos se prolongará hasta el próximo mes de septiembre, lo que obliga a establecer nuevas pautas de tratamiento para los afectados. Es decir, a ‘repartir’ la cantidad de fármaco que la empresa es capaz de producir hoy en día entre los pacientes, reduciendo su dosis habitual para no llegar al desabastecimiento total.

Los dos productos de la compañía estadounidense que están causando el problema son Cerezyme y Fabrazyme (ambos comercializados también en España). El primero de ellos se emplea para el tratamiento de la enfermedad de Gaucher (un mal hereditario caracterizado por el retraso cognitivo, las alteraciones óseas, convulsiones…), mientras que el segundo está dirigido a otra rara patología denominada enfermedad de Fabry (que causa problemas cardiacos, digestivos o renales que pueden empeorar si el paciente no recibe tratamiento).

Como explica a ELMUNDO.es Fernando Carreño, presidente de la asociación ADAC (que agrupa a los afectados por la enfermedad de Fabry) el tratamiento para una persona con este tipo de patología puede ascender incluso a los 24.000 euros al año (“para un adulto de unos 70-80 kilos de peso”). Para salvar la situación, explica, pactaron junto con sus médicos y el laboratorio “una reorganización de las dosis”, de manera que las personas “menos afectadas fueron las que se sacrificaron para reducir más su dosis de medicación a favor de los más afectados”.

Según Carreño, en España hay alrededor de 100 pacientes con la enfermedad de Fabry (50 de ellas integradas en su asociación), un número tan reducido que facilita un contacto permanente y una comunicación constante con el laboratorio que fabrica los únicos fármacos disponibles para ellos. “Desde el primer momento estuvimos al tanto del problema en los biorreactores”. También el Ministerio de Sanidad, a través de la Agencia Española del Medicamento, está siguiendo el caso a través del representante local de Genzyme en España.

Una de las afectadas ha sido Soledad (25 años), la hija de Serafín Martín, presidente de la Asociación de Afectados por Gaucher. “De julio a septiembre le redujeron la dosis a la mitad, hasta enero estuvo sin tratamiento y en febrero reinició el tratamiento con la dosis normal, aunque los análisis ya mostraban alguna alteración y ella se sentíá más cansada”, explica a ELMUNDO.es.

Preocupación por los pacientes

Tal y como ha notificado la propia compañía a las autoridades sanitarias comunitarias, la reducción de dosis de Fabrazyme que los pacientes vienen experimentando desde el pasado mes de junio habría causado un empeoramiento en al menos el 12% de los afectados, lo que ha llevado a establecer nuevas recomendaciones hasta que la situación vuelva a la normalidad. Concretamente, la EMEA aconseja a los médicos que “reestablezcan el tratamiento original con la dosis inicial completa o bien opten por cambiar a un fármaco alternativo como Replagal [un medicamento huérfano, que se administra por vía intravenosa]”.

La planta donde Genzyme fabrica Cerezyme y Fabrazyme (en Allston, Massachusets, EEUU), comenzó a dar problemas el pasado mes de junio, cuando se detectó la presencia de un virus en los biorreactores que se emplean para fabricar los productos. Pese a que el cálculo inicial auguraba que se podría descontaminar la planta en unas seis u ocho semanas, los problemas (incluido un fallo en el suministro eléctrico local) han continuado periódicamente desde entonces. La instalación de Allston es la única fuente de Cerezyme y Fabarzyme para todo el mundo, como apunta el diario ‘The Wall Street’, y sólo puede cubrir en la actualidad el 50% de la demanda (en el peor momento de la crisis sólo se podía atender el 20%).

Como explica Francisco del Val, director de relaciones institucionales de Genzyme en nuestro país, es importante aclarar que “ni los niños ni los pacientes más graves han tenido en todo este tiempo carencia de tratamiento”. Para solucionar el “desabastecimiento parcial”, añade, se estableció un comité médico, con participación de los propios pacientes, que ha ido decidiendo a quién reducirle la dosis en función de criterios clínicos.

Multa millonaria

La situación también preocupa en EEUU, donde la compañía ha reconocido que espera una millonaria multa por parte de la Agencia Estadounidense del Medicamento (FDA). La cifra, adelantada esta misma semana en una nota a la que ha tenido acceso ELMUNDO.es, podría alcanzar los 175 millones de dólares (130 millones de euros). Además, el elevado precio del tratamiento está causando la indignación de los pacientes estadounidenses, impacientes por volver a la nornalidad cuanto antes, tal y como recoge en su última edición ‘The New York Times’.

Por su parte, la EMEA, también ha indicado que sigue de cerca y con preocupación los sucesivos fallos de Genzyme, por lo que ha invitado a la empresa a presentar un sistema que asegure la calidad de la fabricación antes del mes de mayo. En los tres primeros meses del año, Genzyme acumula pérdidas superiores a los 75 millones de euros por este problema, lo que contrasta con los más de 145 millones de beneficios del mismo periodo del año anterior.

MADRID.– En la prevención y el tratamiento del cáncer de mama no vale el ‘café para todas’. La incidencia de estos tumores es muy dispar entre los distintos grupos raciales. La razón hay que buscarla, según un nuevo estudio estadounidense, en los factores de riesgo. Sin embargo, los más conocidos han sido estudiados casi exclusivamente en mujeres blancas. Cuando se intentan rastrear en otras comunidades, se descubre que su influencia es mínima.

Las cifras hablan por sí solas: dichos hábitos o características contribuyen al desarrollo de entre el 62% y el 75% de los tumores en las féminas blancas, frente a únicamente el 7%-36% de las hispanas.

Un ejemplo: en las premenopáusicas de la etnia estadounidense mayoritaria se observó una asociación positiva entre la probabilidad de padecer cáncer de mama y los antecedentes familiares de la enfermedad. En cambio, esa relación no se constató entre las ciudadanas de origen sudamericano.

Por otro lado, cuando se analizó a las posmenopáusicas, se apreció que algunos de los factores de riesgo más destacados entre la comunidad de referencia no eran extrapolables a sus congéneres hispanas. Así, en estas últimas ni el tratamiento de sustitución hormonal con estrógenos y progestina ni el hecho de haber tenido la primera regla antes de lo normal estaban vinculados a un mayor peligro de sufrir tumores mamarios.

Los investigadores tuvieron en cuenta el número de hijos, los antecedentes familiares de cáncer de mama, las características menstruales, el uso de terapias hormonales, el consumo de alcohol, la realización de ejercicio físico, la altura y el índice de masa corporal. Para realizar este análisis emplearon los datos recopilados en una amplia investigación poblacional anterior, el Estudio de Cáncer de Mama Cuatro Esquinas.

Los resultados del trabajo, publicado en ‘Cancer’, subrayan la existencia de “notables disparidades tanto en la prevalencia de los factores de riesgo como en la relación de éstos con el cáncer de mama”, señalan los autores. Sus hallazgos “sugieren que las diferencias étnicas juegan un papel en los factores genéticos, ambientales y de estilo de vida que afectan a la susceptibiliad de desarrollar cáncer de mama”.

Asimismo, ponen de manifiesto que, hoy por hoy, se sabe muy poco sobre las causas de los tumores que padecen las hispanas; será preciso investigar a fondo cuáles son los factores de riesgo propios de este colectivo étnico.

La población hispana representa casi el 15% de los habitantes de Estados Unidos y continúa creciendo. Hace tiempo que se sabe que las mujeres hispanas tienen una menor incidencia de cáncer de mama que las blancas no hispanas (89,3 frente a 132,5 por 100.000 féminas, respectivamente). Sin embargo, registran un mayor riesgo de mortalidad tras el diagnóstico. De hecho, se ha observado que tienden a padecer tumores con características más desfavorables.

La estimación del riesgo que afronta esta comunidad no puede seguir basándose, según los científicos, en los modelos diseñados para un colectivo distinto. En este sentido, hacen un llamamiento para la puesta en práctica de más estudios que tengan en cuenta la etnia o la raza.

El buen trato a las personas con la enfermedad de Alzheimer es esencial, aun cuando sufren de pérdida de memoria. La gente con esta patología olvida eventos como una conversación o una broma, pero los sentimientos alegres asociados a estos momentos podrían perdurar y mejorar su estado de ánimo.

A dichas conclusiones llegó un estudio realizado en la Universidad de Iowa (Estados Unidos). “Una simple visita o un llamado por teléfono de un familiar puede tener una influencia muy positiva en la felicidad de los pacientes, aun si olvidan rápidamente el evento. Por el contrario, la negligencia en el trato brindado en una institución donde están internados podría generar tristeza, frustración y soledad aunque no pueda recordar por qué”, dijo Justin Feinstein, el principal autor de la investigación.

UN MAL DEL CEREBRO.

La enfermedad de Alzheimer es una patología neurodegenerativa, es decir que genera el deterioro y muerte progresiva de las células del cerebro. Este mal se asocia fuertemente a la edad. Los primeros síntomas suelen incluir la pérdida de la memoria y la confusión, pero empeoran con el tiempo generando cambios en la personalidad, la pérdida de las habilidades cognitivas y dificultades para reconocer a las otras personas.

Para 2050 se estima que 100 millones de personas sufrirán de esta enfermedad. Actualmente no se cuenta con una cura, pero sí con tratamientos que apuntar a aliviar los síntomas y frenar su progresión.

EMOCIONES QUE PERDURAN

Los investigadores trabajaron con personas que sufrían un deterioro en el hipocampo, una región del cerebro que es esencial para transformar las memorias de corto plazo en recuerdos de largo plazo. El daño a estas neuronas genera el tipo de amnesia que afecta a las personas con Alzheimer.

Cada uno de los participantes miró durante 20 minutos escenas tristes o felices de películas, con el objetivo de generar una emoción en ellos. A continuación, los autores analizaron si los voluntarios podían recordar lo que habían visto. De acuerdo a lo esperado, ninguno logró retener muchos detalles de las imágenes.

Sin embargo, todos mantuvieron las sensaciones generadas por las películas. “Podían retener las emociones. La tristeza tendió a durar más que la felicidad, pero ambos sentimientos se prolongaron mucho más que el recuerdo de la película”, dijo Feinstein.

El especialista subrayó que en las personas sanas estas emociones se disuelven con el tiempo, pero duraron un rato mayor en los voluntarios de la investigación. “Encontramos evidencia clara de que tratar a los pacientes con Alzheimer con respeto y dignidad es mucho más que una cuestión de simple moralidad”, concluyó Feinstein.

Recuerdo que cuando llevaba poco tiempo en Nairobi un keniano me preguntó si era cierto que en mi país la gente sabía el sexo del bebé antes de nacer. Con una sonrisa a punto de convertirse en carcajada le dije que sí, que era cierto que en España y en muchos otros países es habitual saber el sexo del futuro bebé antes de que nazca. Le dije además que eso se sabía gracias a una técnica llamada ecografía. Me respondió que para él eso no era tecnología, sino un milagro.

Era mediados de 2008 y todavía yo no era consciente del pésimo estado del sistema sanitario africano, donde millones de niños y adultos fallecen por causas tan sencillas como la falta de diagnóstico o vacunas, el cólera o la diarrea. Un año y medio después, sé que la ‘extravagancia’ de molestarse en conocer el sexo del bebé o incluso de saber si el feto llega con complicaciones a través de ultrasonidos es cosa de pocos.

Ahora, en Korogocho, uno de los tantos suburbios que rodean Nairobi, el milagro de las ecografías –como lo llamaría mi amigo keniano- es posible gracias al empeño de Moses Okoth y su recién estrenada clínica Rehema Healthcare Organization. Con apoyo, formación y financiación de la Fundación española África Digna y del doctor español Albert Bossy, Moses acaba de abrir las puertas de la primera clínica-ONG que hace diagnósticos prenatales a un precio considerablemente menor que el precio del mercado: seis euros frente a los 25 euros que cuesta en cualquiera de los escasos hospitales privados de Nairobi que cuentan con la tecnología.

La ecografía, una prueba rutinaria

Todo empezó hace unos años, cuando el español Albert Bossy vino a Kenia a formar a médicos. Enseguida se dio cuenta de que Moses Okoth, que había perdido un hijo por culpa de un mal diagnóstico ecográfico, tenía mucho potencial y decidió volcarse en su futuro profesional. Consiguió que en mayo del año pasado, Moses visitara Barcelona y estudiara cómo hacer una ecografía y realizar un diagnóstico durante un mes en la Clínica Corachán y en el Hospital San Joan de Deu. “Lo que más me impresionó de mi visita fue que en Barcelona me di cuenta de que hacerse una ecografía era rutinario. El 90% de las mujeres embarazadas se las hacía. En cambio, en Kenia, es algo muy excepcional. Sólo el 10% de las mujeres piensa o tiene dinero para hacerse un examen de ultrasonidos”, cuenta Moses en su clínica, un centro sanitario modesto, pero limpio y con un betún de profesionalidad que brilla por su ausencia en muchos otros centros sanitarios africanos.

Moses, técnico de laboratorio de formación, atiende en su pequeña consulta a unas 30 pacientes por semana. Allí, les explica la importancia de ver cómo evoluciona el feto y además les da consejos sobre alimentación y lactancia e incluso les ofrece la posibilidad de hacerse una prueba para detectar la malaria o el sida. En nuestra visita al centro, nos encontramos a Beatrice Atieno, una joven de 25 años y embarazada de cinco meses. Asegura que sabe de la importancia de hacerse una ecografía, pero no entiende muy bien para qué sirve. A pesar de que Moses constata que todo parece estar en orden, Beatrice se ha llevado un disgusto al saber que dentro de cuatro meses tendrá una hija. “Ya sabes, en África queremos niños. Los hombres heredan todo y la mujer se casa y abandona el hogar familiar”, dice Beatrice segura y convencida de su mala suerte.

Mientras atiende la pantalla del equipo que le muestra el bebé de Beatrice, Moses cuenta que estar embarazada en África no siempre es una alegría. Para empezar, muchas de las mujeres encintas no pueden permitirse dar a luz en centros sanitarios en condiciones, expuestas por tanto a infecciones y riesgos quirúrgicos que pueden acabar con sus vidas. “Dar a luz en un centro sanitario básico cuesta unos 6.000 chelines [60 euros]”, cuenta Moses, que recuerda que los precios en un centro hospitalario ‘decente’ pueden dispararse hasta varios miles de euros. El coste del parto, una cantidad que puede parecer irrisoria en el mundo occidental, supone un esfuerzo económico gigantesco para muchas mujeres en un país donde el sueldo medio mensual es de 40 euros y donde el Estado no ofrece servicios sanitarios gratuitos.

Para la doctora Mercedes Barceló, presidenta de la Fundación África Digna, el caso de Moses y su clínica es “único y excepcional”. “Desde que visitó Barcelona, Moses dijo que quería trabajar como se hacía en España“, cuenta desde la clínica de Korogocho, donde se encuentra de visita. La doctora Barceló me explica que el caso es único por tres razones: es un africano el que lleva las riendas, las ecografías son mucho más baratas que en el resto de clínicas y además el centro no tiene ánimo de lucro.

Según cuenta Lluís Miret, director de la Fundación África Digna, la organización española -especializada en educación y salud- ha apoyado económicamente el nacimiento del proyecto, si bien el objetivo es que en dos años la clínica sea autosuficiente.

Naciones Unidas calcula que cada minuto muere una mujer en el mundo por causas relacionadas con el embarazo y el 99% de esas muertes se produce en países en vías de desarrollo. Un panorama desolador para muchas mujeres en Kenia y en el mundo que viven el embarazo como una experiencia de alto riesgo. La ONU asegura que cada año mueren medio millón de mujeres debido a complicaciones en el parto. Un dato que pretende reducir en tres cuartas partes el quinto de los ocho Objetivos del Milenio para 2015.

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